EL EFECTO PIGMALIÓN
A
lo largo de mis prácticas, he podido observar la práctica del efecto Pigmalión
que llevan a cabo los profesores y en especial mi tutora con los alumnos. Sin
embargo, a mi parecer este efecto es muy ambiguo, ya que este puede ser tanto
negativo como positivo en función de lo que queramos transmitir. Así pues,
puede entenderse de varias maneras o admitir distintas interpretaciones y
causar, por consiguiente, incertidumbre o confusión.
Por
ello hay que tener mucho cuidado en las expectativas y creencias, porque al fin
y al cabo todo va a depender de la actitud que muestre el profesor ante sus
alumnos.
En
esta vertiente aparece el peligro de las etiquetas y su probable aparición en
la práctica del “efecto Pigmalión”. Podría parecer que la idea de que no se deben
poner etiquetas a los niños está superado. Sin embargo, todavía es frecuente
escuchar cómo algunos padres, madres e incluso el profesorado, utiliza
“definiciones” para referirse a los niños, expresando verbal y abiertamente
estas opiniones aun estando el niño o la niña delante.
Cuando
esto se produce, en realidad, le estamos diciendo lo que vemos de él. De este
modo, al definirlo no le transmitimos que puede o debe cambiar, sino que él es
así. Así pues, las etiquetas se convierten en un juicio de valor que coarta la
personalidad al focalizarla en una característica.
Al
mismo tiempo las etiquetas positivas, es decir, aquellas que aprueban en
demasía algún aspecto, habilidad o conducta del niño, pueden resultar un arma
de doble filo, ya que podrían darse situaciones ante las cuales el niño no
pudiera responder según las exigencias de esa etiqueta que ha sido designada.
De
este modo, el hecho de tener una opinión negativa o positiva de los niños se
puede reflejar en la conducta no verbal de los adultos, en nuestro tono de voz,
en el número de oportunidades que les damos, etc.
Así
que... ¿Cómo podemos evitar la aparición de las etiquetas?
Teniendo
en cuenta la influencia del entorno, se debería procurar que este fuera lo más
estimulante posible, es decir, trabajar para conocer, potenciar y fomentar al
máximo las capacidades del alumnado, así como de cada individualidad. Del mismo
modo, creyendo en sus posibilidades de forma sincera, se reflejará de forma
inconsciente en la conducta del maestro y por tanto, promoverá la desaparición
de las etiquetas.
Por
último, es importante destacar el peligro de los refuerzos, ya que estos pueden
desembocar en más inconvenientes que ventajas. Cuando el profesor está llevando
a cabo el “efecto Pigmalión”, consciente o inconscientemente está dando
refuerzos al alumno ya sean positivos o negativos, por lo que está
condicionando su conducta para alcanzar la expectativa a la que quiere llegar
el profesor.
Por
ello, es conveniente utilizar expresiones como “vas bien” mejor que “muy bien”,
y del mismo modo, hacerles empatizar con los errores y haciéndoles saber que
errar es de humanos pero que siempre se puede mejorar, y por lo tanto animarles
a ello.
En
conclusión, el “efecto Pigmalión” tanto el positivo como el negativo está presente
en nuestras aulas, así como en cualquier otro grupo humano. Así pues, de
nosotros depende potenciar un efecto u otro.
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